Migrar y Salud Mental

Migrar

Migrar: cuando el mapa cambia pero el inconsciente viaja con nosotros

Migrar no es sólo cambiar de país. Es cambiar de lengua, de gestos, de silencios. Es aprender de nuevo a pedir un café, a hacer un chiste, a presentarse. Es, muchas veces, quedarse sin testigos de la propia historia. Quien migra no sólo deja una casa o una ciudad: deja un lugar simbólico. Deja de ser “el hijo de”, “la amiga de”, “el que siempre fue así”. En el nuevo país nadie sabe quién fuimos. Y eso puede sentirse como una herida… o como una oportunidad vertiginosa. Muchos migrantes describen una sensación difícil de nombrar: no estar del todo en ningún lado. El país de origen empieza a sentirse lejano, casi ajeno. El nuevo país todavía no se siente propio. Se vive en un entre—un espacio suspendido—donde la identidad tambalea.

¿De dónde soy ahora? ¿Quién soy cuando nadie me conoce?

Desde una perspectiva psicoanalítica, migrar confronta de lleno con preguntas fundamentales sobre la identidad, la pertenencia y el deseo. Porque el yo no es algo fijo: se construye en relación a los otros, al lenguaje, a los lugares que nos nombran. Y cuando esos otros desaparecen —o hablan otra lengua— algo de nosotros queda sin espejo. La soledad migrante no siempre es estar solo físicamente. A veces es una soledad más sutil: no poder contar una anécdota porque requiere demasiada explicación, no tener con quién recordar “cómo éramos antes”, sentir que una parte de uno quedó congelada en otro huso horario. Es la soledad de no ser leído del todo. Se extrañan los códigos que no necesitan traducción.

Pero migrar también abre una fantasía poderosa: la de empezar de cero. Ser otra versión de uno mismo. Soltar mandatos, etiquetas, historias que parecían inamovibles. En el anonimato del extranjero, algunos sienten por primera vez una libertad inédita: nadie espera nada de mí, entonces puedo inventarme. Esta posibilidad es tan liberadora como inquietante. Porque si todo puede reinventarse, ¿qué elijo conservar? ¿Qué partes de mí son deseo y cuáles eran solo respuesta a una historia que ya no está? ¿Realmente funciona el viajar queriéndole escapar a los problemas?

En consulta, muchos migrantes traen sueños atravesados por aeropuertos, valijas, casas que no terminan de armarse. Traen culpas por haberse ido, duelos que no siempre se autorizan (“si fue mi elección, ¿por qué duele?”), y una exigencia silenciosa de que todo “valga la pena”. Como si no estuviera permitido sufrir cuando se ha elegido migrar.

El psicoanálisis ofrece un espacio particular para quien migra: un lugar donde no hay que adaptarse, rendir ni traducirse del todo. Un espacio donde la lengua —sea cual sea— puede decir lo que no encaja, lo que no se entiende, lo que duele sin nombre. Donde no se trata de “integrarse mejor”, sino de escuchar qué se juega subjetivamente en esta experiencia de desarraigo. Porque migrar no se supera. Se elabora. Y cada migración es singular. Tal vez hacer terapia en el contexto migratorio no sea para “sentirse mejor” rápidamente, sino para no perderse en el intento de ser otro. Para poder habitar esa tierra de nadie sin quedar solo ahí. Para construir una identidad que no sea ni la de antes ni la que se supone que deberíamos tener ahora.

Si migrar te dejó con preguntas nuevas, con una sensación de extranjería interna, con la intuición de que algo se rompió y algo se abrió al mismo tiempo, quizás sea momento de darle un espacio a eso que insiste. A veces, encontrar un lugar propio no tiene que ver con un país. Sino con poder decir, en voz alta y sin apuro, quién estás siendo ahora.

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