La señora Ansiedad
Si la ansiedad fuera una persona
Si la ansiedad fuera una persona, no entraría gritando. Entraría en silencio. Como quien conoce la casa. Como quien no necesita permiso. Se sentaría a tu lado, cuando todo parece estar bien y te hablaría bajito, justo cuando más necesitás calma. Sería esa visita que nadie invitó, pero que actúa como si hubiera vivido ahí toda la vida. Camina por tu mente sin descalzarse, mueve los muebles de lugar, abre cajones del pasado que creías cerrados y deja todo un poco desordenado, lo suficiente como para que nada vuelva a sentirse del todo seguro.
La ansiedad llega antes que vos a cada lugar. Se adelanta a las conversaciones, a las decisiones, a los momentos que podrían ser tranquilos. Te habla del futuro como si lo conociera. Y siempre —siempre— lo pinta peor de lo que es.
No viene a lastimarte. Viene a protegerte.
Es una solución torpe, insistente, agotadora, pero es una solución al fin. Una forma que encontró tu psiquismo cuando otra cosa no pudo decirse.
Si la ansiedad fuera una persona, se despertaría con vos. Incluso antes de que abras los ojos. Se sentaría en tu pecho apenas respirás profundo, probando hasta dónde puede apretar hoy.
No corre. Apura.
Te empuja a pensar más rápido de lo que sentís, a sentir más de lo que podés sostener, a vivir siempre un segundo adelante de tu propia vida.
Te hace preguntas todo el tiempo. No para escucharte, sino para asegurarse de que no bajes la guardia: —¿Estás seguro/a/e? —¿Hiciste bien? —¿Y si dijiste algo mal? —¿Y si te miraron raro? —¿Y si pasa algo malo ahora?
La ansiedad no deja terminar una idea. Interrumpe. Corta. Desarma. No te permite el descanso porque confunde calma con peligro.
Porque en algún punto de tu historia, estar alerta fue necesario. La ansiedad es insistente. Pesada. Hipervigilante.
Revisa el cuerpo buscando señales y este responde, porque el cuerpo siempre responde cuando la palabra no alcanzó.
El corazón late fuerte, desordenado, como si hubiera que escapar aunque no sepas de qué. La respiración se acorta. El aire entra, pero no alcanza. Nunca alcanza. Las manos transpiran. Los dedos tiemblan. La mandíbula se tensa. El cuello se endurece. Los hombros se levantan como si sostuvieran algo demasiado pesado desde hace demasiado tiempo. La ansiedad se sienta en el estómago y lo retuerce. A veces lo cierra. A veces lo acelera, lo abre. A veces lo deja vacío. Te da náuseas. Te da calor. Te da frío. Te marea. Te desconecta.
Porque cuando el conflicto no encuentra palabras, el cuerpo habla. La ansiedad juega con la cabeza hasta agotarla. La llena de pensamientos que no avanzan, que giran, que vuelven siempre al mismo punto, como una repetición que insiste (como este escrito) porque todavía no fue escuchada.
—No vas a poder. —Te estás volviendo loco/a/e. —Algo está mal. —No sos suficiente. —Esto no se va a ir nunca.
La ansiedad no grita. Susurra sin parar. No te deja dormir. O te despierta de golpe. Te hace soñar escenas que no querés soñar. Te deja cansado/a/e incluso después de haber dormido horas.
Y lo peor no es el miedo. Lo peor es la soledad.
Porque desde afuera parece que está todo bien. Porque no se nota. Porque te dicen que exagerás, que te relajes, que pienses en otra cosa.
Pero la ansiedad no se apaga con voluntad. No se calma con lógica. No se va por ignorarla.
La ansiedad es una formación del inconsciente. No aparece porque sí. Aparece cuando algo del deseo, del miedo o del conflicto empuja por hacerse oír y no encuentra otro camino.
Muchas veces surge ahí, donde fue necesario callar, donde decir no era posible, donde cuidar a otros fue más urgente que ser cuidado. Por eso insiste. Porque no quiere desaparecer. Quiere decir algo.
Si la ansiedad fuera una persona, estaría agotada. Y vos también.
Porque llevás demasiado tiempo siendo fuerte. Porque aprendiste a sostener. Porque algo del pasado sigue actuando en el presente como si todavía estuviera ocurriendo.
La ansiedad no es el problema. Es el síntoma. Y el síntoma no es el enemigo. Es un mensaje cifrado. Una verdad dicha a medias. Una escena que se repite hasta que alguien pueda leerla.
La terapia no viene a callar la ansiedad. No viene a taparla. No viene a eliminarla. Viene a escucharla.
Viene a poner en palabras eso que el cuerpo viene diciendo hace tiempo.
Viene a alojar la angustia para que no tenga que gritar. Y cuando eso ocurre — cuando el síntoma encuentra un lugar donde decirse— el cuerpo afloja. La respiración se ensancha. La mente descansa.
Y la ansiedad, poco a poco, aprende que ya no tiene que cuidar sola.